EL FÁRMACO DE LA
MEMORIA
En nuestra cultura también el libro está profundamente relacionado con la
memoria. Borges decía que, a diferencia de los otros instrumentos, que son
extensiones del cuerpo, el libro “es una extensión de la memoria y de la
imaginación”. Y la memoria, como hemos visto, es la sustancia de la que está
hecha el alma. Borges mismo parece simpatizar con la idea de que los libros
están hechos de la misma sustancia que el alma cuando cita a Emerson que para
quien una biblioteca es una especie de gabinete mágico donde están encontrados
los mejores espíritus de la humanidad esperando que la lectura los despierte. Y
“fármaco de la memoria de la sabiduría” llama Theuth a la escritura en otra
historia muy antigua que Platón, por boca de Sócrates, nos transmite.
Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más
memoriosos a los hombres, pues se ha inventado como un “fármaco de la memoria y
de la sabiduría”. Pero él le dijo. “¡Oh artificiocismo Teuth! (…) les atribuyes
poderes contarios a los que tienen. Porque es olvidado lo que producirán en las
almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo
escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no
desde dentro, desde ellos mismos y por si mismos. No es, pues, fármaco de la
memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de
sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Por que habiendo
oír muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos,
siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y
difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios
aparentes en lugar de sabios de verdad”” (Fedro, 274 e y sig.).
Las letras, dice Teuth, serian como “fármacos de la memoria”, ayudarían a
al alma en su cometido de recoger y conservar el tiempo. Y, dada la relación
entre memoria y saber, harían más sabios a los hombres. Podría parecer,
entonces, que las letras son también, como los toneles en la imagen anterior,
instrumentos para la retención de algo esencialmente fugaz y pasajero que se
esfuma con el tiempo: la voz humana.
Si eso fuera así, la escritura
seria un fármaco que contribuiría a superar la limitación de la memoria humana
a la voz viva que, atada a los que pronuncian y la escuchan, cae dentro del
tiempo finito de la naturaleza humana individual y parece con él. La escritura
contribuiría una suerte de memoria exsomática (o expsíquica) en la que se
depositaria un atemporalidad más amplia que la de la vida de cada hombre y una
huella menos frágil que la del recuerdo psíquico.
Pero Thamus, el rey, se opone l optimismo del inventor de las letras.
Para Thamius, las letras no son memoria, sino un instrumento de la memoria, un
medio para llegar al recuerdo. Para que sea eficaz requiere unja condición:
articularse con una interioridad. En las letras, dice Thamus, hay un peligro:
la memoria del alma se impulsara sobre algo ajeno a ella misma, sobre
caracteres exteriores – allotrion ty- pon
-, sobre letras que vienen de afuera y que se mantienen afuera. Y si es así, la
escritura no será capaz de superar el carácter efímero de lo que fluye en el
alma. Por eso esa memoria alcanzada desde el exterior no es tal memoria -mnéme- sino solo su apariencia, un mero
recordatorio –hypómnésis- y, en
realidad, olvido -léthé-. De nuevo,
como en la imagen del tonel, la exterioridad es dependencia y fluidez. Con la
confianza en la escritura, esa memoria exterior, el alma se hace dependiente y
se disuelve en el olvido.
Pero el texto habla también de una forma interior de llegar al recuerdo
que, según parece, la confianza en la escritura nos haría descuidar. Los
hombres también pueden llegar al recuerdo “desde
ellos mismos y por si mismo” –autoús
hypo auton-. Solo de esta forma se alcanza la verdadera sabiduría. La
oposición entre verdadera y aparente se complemente así con la oposición entre
el exterior -éxothen- y el interior -éndothen-. Las letras representan, en el mito platónico, la
exterioridad. Y solo pueden redimirse si son, de algún modo, apropiadas,
interiorizadas, en la propia sustancia del alma. Es el hombre interior el que
tiene que dar vida y realidad, desde su interioridad misma, a la sabiduría. Y
para eso no debe fiarse de esa falsa sabiduría, puramente exterior, depositada
en las letras. El hombre que toma lo escrito por sabiduría es, de nuevo, el
hombre del exterior.
El que lee, como el que oye muchas cosas sin aprenderlas, es el que nada
retiene, el que no ha cerrado los agujeros del alma, aquel para quien todo
viene del exterior y vuelve al exterior, el hombre del olvido. Y el que escribe
permite que sus palabras rueden por doquier, que se desgasten, que pierdan su
sustancia. Sin “la ayuda del padre” (Fedro, 275 c). Y, lo que es peor, distraen
de la verdadera escucha a la verdadera voz.
Y de ahí, en la exposición de lo que sea el llegar al recuerdo desde
dentro, es donde aparecen los términos “verdad” –alétheia- y “aprendizaje” –didaché-.
El término verdad aparece en este fragmento conectado con una forma viva de
enseñanza, con la relación dialógica con los alumnos. La verdad no es, por
tanto, correspondiente, sino algo que se produce en un territorio dialectico
entre quien enseña y quien aprende. Por eso la verdad, como la memoria,
necesita no solo ejercicio -meléte- sino enseñanza y aprendizaje –didaché-. El
término “aprendizaje”, por su parte, aparece ligado al cultivo de la verdadera
memoria, es decir, a la interiorización de la voz, de aquello que, sin el
ejercicio y el aprendizaje, permanecería irremediablemente exterior, olvidado
y, por tanto, muertos.