martes, 1 de mayo de 2012

Donde quedó el Imperio Inca ?


1. La ideología del Perú Inca
La guerra permanente del Perú contra la dominación hispana tuvo, pues, ese doble carácter: de guerra militar y de guerra ideológica. La primera para libertar al Perú del dominio extranjero; la segunda para restablecer los principios ideológicos del Perú Inka de justicia social y de bienestar general de los pueblos. En esa lucha, los Inkas dejaron de ser intransigentes, característica que es posible advertir en casi todas las guerras ideológicas. Documentos del siglo XVII y principalmente del XVIII contienen testimonios de ese género de guerra, auspiciado en principio por los peruanos. Aunque vencidos militarmente, éstos procuraron que los españoles retomaran la política estatal incaica del bienestar común, llamada también ideología Waqchakuyakq. Incluso, varios altos representantes de la descendencia de los Inkas, llegaron a proponer soluciones.
Pero el gobierno colonial hispano se mantuvo intransigente. La Nueva Coronicay Buen Gobierno de Felipe Guaman Poma de Ayala, sugirió reformas gubernativas que amenguasen la miseria y explotación en que se vieron sumidas las poblaciones andinas. El sabio cronista indio aceptó como un hecho consumado el dominio colonial hispano, ante la impotencia militar de los peruanos para revertir esa situación. Aceptó para la clase dominante el derecho a recibir un tributo personal, pero demandó que los peruanos tuviesen autonomía para gobernarse, para restaurar la producción agrícola tan venida a menos, reclamó que dejasen las mitas mineras, a las que se les conducía por millares, para que nuevamente se poblasen los campos y se colmasen los depósitos estatales y locales, volviendo a la época de la abundancia y al Estado sin hambre que forjaron los Inkas.
En el siglo XVIII, por medio de un valiente Manifiesto, Calixto Tupa Inka fue quien clamó justicia, volviendo a proponer al gobierno colonial diversas medidas para conjurar el hambre, la miseria y el abuso; demandó también que se diese mayor participación a los peruanos en los asuntos administrativos, lo que si bien fue atendido en parte, no lo fue como ameritaba el caso. Tupa Inka, como el Gandhi contemporáneo, no creyó en la guerra como medio para libertar al Perú. Pensaba que, dada la importancia y justicia de sus observaciones, encontraría comprensión en las autoridades coloniales. Infortunadamente, sus reclamos no fueron atendidos; pese a todo, él no cejó en exigir para los peruanos la creación de escuelas, el acceso al comercio, al ejercicio equitativo de funciones legales y civiles, etc.
Paralelamente, otro dirigente Inka, convencido que todo trato pacífico con los españoles era ya inútil, pues en vez de amenguarse se agravaba la explotación de los pueblos andinos y amazónicos, tomó las armas para una larga lucha guerrillera y declaró la independencia del Perú. Nos referimos a Juan Santos Atahuallpa Apo Inka, quien según testimonios de frailes que lo conocieron, fue un descendiente del linaje de los antiguos emperadores. Su lucha fue triunfal, entre 1742 y 1756, pero sólo abarcó regiones de la amazonía central, vastas en extensión pero muy poco pobladas y limitadas por la geografía, sin mayor conexión con el resto del país. En tanto que otros brotes armados, al parecer para apoyar su lucha, estallaron en Lima y Huarochirí, al mando de Francisco Inca, siendo cruentamente reprimidos.
Toda esa lucha ideológica y militar se compendió extraordinariamente en el gran alzamiento de los Tupa Amaro, entre 1780 y 1783. Su territorio fue el más poblado, las regiones meridionales del virreinato, con repercusiones en todas sus Audiencias. En esa magna epopeya se inmolarían heroicamente más de cien mil peruanos. La lucha de José Gabriel Tupha Amaro apuntaba a expulsar del Perú a los españoles y restaurar un imperio neo-Inka, acabando con la opresión y la injusticia, para restablecer un gobierno Waqchakuyac, es decir un gobierno amante de los pobres, dirigido al bien común.
Ese alzamiento fracasó principalmente por haber creido en la posibilidad de un entendimiento con los criollos. Éstos, presentes en altas dignidades del gobierno civil y religioso, y usufructuarios del engranaje económico creado por los repartos, dueños de haciendas, obrajes, minas y comercios, con cientos de siervos indios y multitud de esclavos negros, se espantaron de la revolución social que podía derivar de un triunfo de Thupa Amaro. Las proclamas y acciones del líder revolucionario, suprimiendo mitas, quemando obrajes, liberando siervos y esclavos, ordenando la recuperación de la tierra por las comunidades campesinas, fueron inaceptables para los “españoles americanos”, como se decían los criollos, pues la referencia a los peruanos hasta una década después sólo se daría entre los revolucionarios indios y mestizos. De modo que los criollos decidieron apoyar la continuación del dominio colonial hispano antes que asociarse con el movimiento libertario y de justicia social que lideró Tupa Amaro.
La derrota y el exterminio de los dirigentes thupamaristas pusieron punto final a la lucha ideológica de tradición Inka. Muertos casi la totalidad de sus dirigentes, y hecha tremenda represalia entre sus seguidores, no sólo física sino también ideológica, pues se arrasaron con sus indumentarias tradicionales, sus cuadros genealógicos y hasta se pretendió que los pueblos nativos dejasen de pensar y ser como tales, con la amenaza de abolir el viejo régimen de curacazgos, prohibir el quechua y hasta el uso de instrumentos musicales tradicionales, lo que logró el dominio virreinal fue poner coto a cualquier intento de un renacimiento Inka. Para el Perú, la muerte de los Thupa Amaro entre 1781 y 1783 tuvo el efecto y la trascendencia de la decapitación del Thupa Amaro de 1572. Entonces el Perú perdió su soberanía y empezó la genocida opresión de los pueblos andinos. Con el holocausto de los seguidores de José Gabriel el Perú perdió la dirigencia en la lucha militar e ideológica contra la dominación colonial. Aquí acabó el anhelo de la reivindicación social para las grandes mayorías.
2. La ideología del Perú criollo
Desde los finales del siglo XVIII, con la famosa Carta a los Españoles Americanos, escrita por el criollo Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, surgió a nivel continental americano una nueva corriente de pensamiento: la ideología criolla. Vizcardo propuso a los españoles americanos o criollos unirse para independizarse de España. Él partió del hecho de considerar a sus congéneres de raza, herederos de los españoles que conquistaran el Tahuantinsuyo y otras regiones de América, razón en la que apoyó su reclamo del derecho que les correspondía en el gobierno. España, dijo, desconoció la sangre de los que habían conquistado América y los despojó a ellos y a sus descendientes de los beneficios que debieron corresponderles.
Los criollos, como hijos de España nacidos en América, explicó Vizcardo, debían emanciparse de su madre patria, sin desconocerla como tal, para gobernar estas tierras conquistadas por sus padres. Esa Carta se convirtió en el detonante que en el siglo XIX precipitó el derrumbe del poder colonial español, lo que con habilidad fue aprovechado por los ingleses que convirtieron a los criollos en su instrumento de lucha por la hegemonía mundial de ese tiempo.
La ideología criolla se propuso, pues, independizarse de España. Tuvo un contenido político y militar, pero no social, tal como nos lo hicieron ver, en sus aurorales escritos para una nueva interpretación de la realidad peruana, Manuel González Prada, José Carlos Mariátegui, Hildebrando Castro Pozo y César Guardia Mayorga. El triunfo criollo significaría para la América, con algunos variantes, la continuación del régimen colonial en los nuevos estados republicanos. Esto fue lo que ocurrió efectivamente. Y en el Perú esta realidad tuvo caracteres dramáticos.
El triunfo del poder criollo en la batalla de Ayacucho fue a la postre una nueva derrota para las aspiraciones ideológicas del Perú de raíz andina. Con el surgimiento de una república o republiqueta, que tomó de la constitución europea sólo las vestiduras políticas que permitieron a los criollos reemplazar con “legalidad” a los españoles como integrantes exclusivos de la clase dominante, se afianzó en el Perú la dualidad histórico-cultural, conviviendo dos países: uno de ascendencia europea y otro de milenaria ascendencia andina, cada cual dentro de sus esquemas ideológicos.
Las proclamas de los dirigentes criollos de la independencia carecieron de contenido social. Su único objetivo fue acabar con el gobierno español en el Perú. Lo que sí existió en esas proclamas fue una mentalidad patronal. Porque para disputar a los españoles el derecho de gobernar estas tierras no tuvieron escrúpulo en valerse de los indios, sin tomarse el trabajo de hacer la menor promesa sincera de reivindicación social. De aquí que las tropas de José de San Martín y Simón Bolívar, con jefes criollos o españoles recién convertidos, nutrieron sus huestes no sólo de mestizos de diversas extracciones, sino también con cientos de negros, a los que prometieron la libertad, y miles de indios, a los que sólo se ofreció, sin ninguna claridad, redimirle de sus tributos. Tal fue el máximo de sus ofrecimientos. La ocasional participación de hombres de raigambre andina como Nina Vilca, Huavique y otros, no alteró para nada el pensamiento de los criollos. Éstos en ningún momento pensaron dar un lugar a los líderes indios en la conducción de la república que nacía, que iba a mantener mucho de su status colonial.
Aunque no tenemos aún información clara sobre el pensamiento y la actitud de los dirigentes de las comunidades, entre ellos los llamados curacas y los alcaldes indios, parece que la desconfianza fue una constante. Desconfianza por ambos bandos, cuyo lógico correlato sería la presencia obligada en uno y otro bando. Obsérvese, además, que para varios dirigentes de las comunidades no era lo mismo el lejano rey español y los cercanos funcionarios coloniales. Por mucho tiempo vieron en el rey al personaje que trataba de mitigar la explotación de las mayorías indias mediante leyes protectoras, de profundo sentimiento cristiano y humanista. De otro lado, vieron a los funcionarios coloniales como hombres venales que escarnecían los propósitos del rey con la cínica conseja: “la ley se acata pero no se cumple”.
La insurgencia criolla frente al poder español no constituyó una amenaza para el control social de las mayorías. Por el contrario, se tornó dramática para la dirigencia india. El hecho aparece nítidamente ilustrado en un pasaje de las Memorias del general Jerónimo Valdez, conde de Torata, quien relata que en la entrevista entre el virrey La Serna y el general San Martín, ambos terminaron por coincidir que no tenían en mente otra cosa que el poder político. Aunque la utilización de los indios, en una situación extrema, no se descartó, presentándose incluso como una velada amenaza. De no poder derrotar al ejército virreinal, los líderes criollos, con el apoyo de sus armas, se mostraron dispuestos a proclamar un Inka, que “ya estaba designado” e incluso “era uno de los ayudantes del virrey”. No sabemos que connotación social traería aparejada esa variante; tal vez ninguna.
El examen de esa realidad tiene todavía muchísimo por explorar. De vital importancia será conocer las ideas de las capas medias de mestizos que organizaron y condujeron guerrillas, sobre todo en el campo patriota, incluso soportando la hostilidad de los jefes criollos peruanos y extranjeros. Un buen indicio a seguir está marcado por las documentadas biografías de José María Guzmán y Santiago Marcelino Carreño, dos grandes héroes auténticos de la independencia, mestizos que se inmolaron en los campos de batalla, cuando habían alcanzado posición expectante como comandantes generales de guerrillas (sus esbozos biográficos, trazados por Luis Guzmán Palomino y Juan José Vega, fueron publicados en el diario “La República” y en varias revistas militares).
Sea como fuere, está muy claro que la desconfianza no cejó en la dirigencia del Perú Andino. De allí que parte de ella se vio obligada a prestar apoyo a uno u otro bando. Y no se equivocaron al temer la instauración exclusiva del poder criollo. Ello determinó, sin duda, que en la batalla de Ayacucho, por demás simbólica, hubiera más peruanos en el ejército virreinal que en el ejército libertador. Evidencia que daría origen a la frase: “En Ayacucho ganaron los patrones y perdieron los indios”. Y también a la aseveración de Pablo Macera: “Después de la batalla de Ayacucho, el Perú fue más feudal que nunca”.
En conclusión, Ayacucho significó el triunfo de la ideología de una clase dominante sobre la ideología del bien común sustentada por el Perú Andino. Triunfo político, carente de toda significación social.
3. Tiempo de silencio en el Perú Andino
Aunque la historia tradicional ha soslayado los hechos de carácter social impuestos en la república, la verdad que éstos fueron determinantes y trascendentales para el advenimiento de la época de mayor oscurantismo para el Perú Andino. Bolívar llegó a proclamar alguna vez que había roto las cadenas para dar nuevo brillo al Sol de los Inkas. Fue una frase retórica y nada más. Pues empezando por los símbolos de la patria, no aparecería el Sol como símbolo de la continuidad histórica del Perú. Bolívar, ante la historia, resulta algo así como albacea del sanguinario funcionario español José de Areche, verdugo de José Gabriel Tupa Amaro. Recuérdese que las variadas propuestas que hizo ese juez para acabar con la ideología de las mayorías indias, no contaron con el aval del gobierno español. Para Bolívar no hubo oposición y pudo proceder sin problemas, ejerciendo aquí la dictadura.
En ese sentido, la ley del 5 de julio de 1825 constituye una disposición legal que marca un hito en la etapa más agresiva en la imposición del Perú criollo sobre el Perú de raíz andina. Lo que los españoles habían intentado lograr sin éxito en trescientos años de dominio colonial, los flamantes estadistas criollos lo consumaron en un día. Areche ordenó en su bárbara sentencia no sólo la ejecución de Thupa Amaro, sus familiares y lugartenientes principales, sino también la supresión de los curacazgos, del uso de la lengua quechua o runasimi, del uso de vestimentas e instrumentos tradicionales, etc., en su afán de dejar sin base la ideología Inka y privar al Perú Andino de sus legítimos dirigentes, los que a su vez nucleaban la unidad de sus tradiciones. No fue aceptada por el rey español esa sentencia. Pero ella fue cumplida por Bolívar, luego de que el Perú proclamara su independencia y se constituyera como un régimen democrático republicano. Los efectos de la ley del 5 de julio de 1825 fueron funestos para los pueblos andinos, pues no solamente se les privó de sus dirigentes directos, sino que las comunidades fueron suprimidas. Desaparecieron los curacazgos, se impuso la lengua extranjera sobre la nativa y, para colmo de males, se privatizaron las tierras de las comunidades.
En una palabra, Bolívar creó las condiciones para la mayor indigencia, pauperización y explotación de las mayorías indias. Desde entonces ellas dependerían de los nuevos señores del Perú, sin cortapisa alguna. Peor aún, se suprimieron los colegios para curacas que se habían mantenido en el virreinato, el Colegio del Príncipe de Lima y el de San Francisco de Borja en el Cuzco, cuyas rentas fueron a incrementar las de los nuevos colegios de criollos. Repárese en la responsabilidad de los conductores de la naciente república, que actuaron peor que aquellos que llegaron desde el extranjero a dominar el Tahuantinsuyo. Porque los funcionarios coloniales no desdeñaron la posibilidad del diálogo con el Perú vencido e incluso buscaron y encontraron fórmulas de convivencia. En cambio los señores de la república fueron altaneros y racistas, repitiendo entonces como después la manida frase: “con el siervo no se dialoga”. Y efectivamente, desde entonces no hubo ya diálogo. En todo ese trastorno, no faltaron algunas contadas voces que lamentaron el “abandono de los indios”, como siguió llamándose a los peruanos nativos, verdaderos apátridas en su territorio.
No conocemos aún cuál fue la respuesta del Perú Andino a esa política criolla. Lo cierto es que para las grandes mayorías se reinició el vía crucis histórico, y ya no de expiación como lo fuera el del virreinato. Desde 1825 hasta 1860, salvo esporádicas revueltas todavía no muy conocidas, el Perú Andino pareció sumirse en el silencio. Sin dirigentes propios, tuvo ahora cerca al gamonalismo, cuyos integrantes fueron mestizos alter egos de los nuevos señores feudales.
El golpe fue tan fuerte que debió ser difícil estructurar una nueva dirigencia, más aún considerando que se extinguieron los colegios donde los líderes se formaran asimilando los elementos vitales de la cultura Inka. Es evidente que el instrumento de dominación más eficaz que aplicaron los criollos republicanos fue el de condenar a las grandes mayorías no sólo a la miseria material, sino lo que es peor, a la ignorancia. Pero poco a poco, sin embargo, en medio de esa tórrida vorágine, habrían de resurgir respuestas a tal estado de opresión. Esta lucha constituye otro de los grandes capítulos de la historia del Perú que está aún por escribirse y del cual conocemos sólo algunos rasgos, por demás significativos como para demandar la necesidad de estudios más exhaustivos.
4. La necesidad de la integración nacional
Uno de los problemas más graves que confronta el Perú Republicano es sin duda el proceso de su integración nacional, principalmente el de su integración con sus tradiciones históricas e ideológicas, como el dique que debe evitar su permanente extranjerización, es decir, su alienación en serio perjuicio de sus valores culturales. En el Perú del siglo XIX, dicha integración no solamente se dejó de lado, sino que se agravó una situación antagónica que había nacido con la colonia. Porque la gran masa andina de hombres, tildados con el mote de indios, fueron considerados como un lastre de apátridas, con cuya miseria e ignorancia traficaron los políticos ocasionales. La verdad era que los criollos y mestizos, en minoría étnica en el país, eran el gran problema del hombre peruano de ascendencia andina.
Ese dualismo, la convivencia de dos tipos de peruanos en el mismo territorio, unos de ascendencia europea y otros de ascendencia andina, conspiró contra su integración. Lo que es más, en la república, los peruanos andinos alejados y desplazados del poder, cayeron en mayor servidumbre y explotación que la que habían sufrido bajo el dominio hispano. Esa falta de integración ha sido y sigue siendo el talón de Aquiles de nuestra nacionalidad. Se ha predicado y se continúa invocando la unidad, pero en el plano retórico y demagógico. Nada concreto en realidad. El conflicto ideológico entre lo andino y lo europeo, con algunas alternativas, subsiste hasta la fecha, como el antagonismo étnico-regional dentro de nuestro territorio.
Como se sabe, históricamente, cuando los Incas estaban en camino de lograr la gran integración andina en el siglo XVI, sobrevino la invasión europea que truncó ese ideal de la forma más trágica. Debemos recordar que el Perú Inka tuvo vocación solidaria e integracionista no solamente nacional sino continental. Afrontaron el reto de construir una gran civilización en un agreste y vasto territorio tendiendo una adecuada red de caminos; dirigiendo la producción con el control de diversos pisos ecológicos o regionalización transversal; civilizando el territorio incorporado con el sistema de colonizadores mitmaq; respetando distintas tradiciones provinciales y, sobre todo, gobernando con la ideología del bien común, respetuosa de los principios éticos. Pero el imperio tuvo menos de un siglo de existencia, tiempo que resultó insuficiente para integrar al vasto país.
La tradición Inka de integración nacional habría de ser reasumida en los finales del dominio colonial, durante el alzamiento nacionalista de los Thupa Amaro y los Túpac Catari, uno de cuyos objetivos fue restablecer las fronteras del Tawantinsuyo y construir la conciencia nacional bajo el principio de que todos los nacidos en el Perú eran paisanos y miembros de un solo cuerpo, como entonces se conocía al Estado. Posteriormente, los Angulo, Béjar, Melgar, Hurtado de Mendoza y Pumakawa no perdieron de vista la necesidad de una integración nacional.
La instauración del dominio colonial no sólo iba a mantener latentes los antagonistas regionales, que respondían a viejas tradiciones culturales, sino que generó el desencuentro cultural imponiéndose una “nación” sobre otra, la española sobre la andina, con toda su secuela de diferenciación política, social, económica, cultural y racial. Pero en cierta forma, el régimen colonial practicó una política de integración sobre la base del modelo europeo, porque los españoles peninsulares y americanos tuvieron conciencia de una unidad política, a la que denominaron virreinato del Perú. De otro lado, el régimen colonial logró la identificación de todos los nativos de este país, al darles por igual la condición de explotados, al tiempo que los opresores españoles, peninsulares y criollos, ignoraron de manera absoluta lo peruano, su historia, luchas e ideales. Recién en los finales del virreinato un grupo de criollos progresistas hablaría del Perú como algo diferente de España, desde las páginas del Mercurio Peruano, publicación de la Sociedad “Amantes del País”.
Pero en todo tiempo habrían de subsistir contradicciones internas en el Perú Andino, porque los opresores, imponiendo la corrupción, obtuvieron a cambio de prebendas el apoyo de no pocos curacas. En todo tiempo esas contradicciones fueron fomentadas y agudizadas por los españoles. Ellas, precisamente, impidieron el triunfo del Movimiento Nacionalista Inca que se había gestado desde el siglo XVII. Pese a los esfuerzos de destacados líderes libertarios, que lanzaron continuos llamados a la unidad de todos los pueblos andinos, no pudo lograrse la identificación nacional y su consecuencia fue el holocausto de cerca de cien mil combatientes anticoloniales, sólo entre 1780 y 1783, durante la heroica revolución de los pueblos quechua y aymara, bajo la conducción de los Túpac Amaru.
Al producirse la Independencia, lograda con la sangre de millares de guerrilleros nativos, poco tardó en declararse la traición a los ideales que enarbolaran algunos criollos progresistas. Y al producirse el cambio político, sin afectarse para nada la estructura de explotación social y económica, al tomar el poder los españoles americanos y marginar totalmente a las masas campesinas, lo que surgió en el Perú fue un Estado extranjero, que poco o nada tenía de republicano y democrático, no obstante que así lo pretendió estipular una Constitución que sólo aparentemente dijo seguir modelo francés. Surgieron asimismo símbolos patrios extraños a nuestra tradición histórica, no los que enarbolaron los revolucionarios de 1814, por sólo citar un caso. La primera estrofa del himno nacional iba a condensar a cabalidad la síntesis de la ideología de los criollos, que “largo tiempo” soportaron la presencia de los españoles sin luchar contra ellos, pues la estructura colonial les permitió ser usufructuarios de la riqueza. La “indolencia de esclavos” sólo es achacable a esa casta descendiente de los conquistadores castellanos, que para desgracia del Perú pasó a gobernar en el país de los presidentes.
El Perú republicano emergió ignorando, consciente y/o inconscientemente, su realidad étnica, con una lengua extranjera, un modelo ideológico europeo y una mentalidad discriminatoria. Se agravó entonces la agresión cultural e ideológica contra los peruanos andinos, a quienes se privó de dirigentes, al suprimirse definitivamente los curacazgos; se les usurpó las tierras que aún poseían, buscándose el aniquilamiento de sus comunidades; se les quiso despojar incluso de sus idiomas y se les quitó el derecho a elegir a sus propias autoridades, sumiéndoseles en el ostracismo más cruel e inhumano. El trauma de la génesis republicana agravó el distanciamiento entre los grupos humanos andinos y los de ascendencia europea.
Además de no existir una política integracionista en el Perú republicano del siglo XIX, quedó desde entonces marcado el hegemonismo costeño, político y económico, que iba a desarrollar rivalidades regionales en perjuicio de la conciencia nacional. De manera que a la falta de su integración geográfica por carencia de vías de comunicación, se sumó la prolongación de viejas rivalidades regionales y étnicas. La república criolla, carente de toda perspectiva, no tomó en cuenta la necesidad de la integración, geográfica, ideológica y política del Perú.
5. El ejército y la forja de la nacionalidad
Esa falta de integración y de conciencia nacional hizo crisis durante la agresión chilena. Mientras que a nivel oficial se la vio desde un principio como una guerra contra los invasores extranjeros, los pueblos andinos la miraron como un conflicto entre mistis (blancos o mestizos “blanqueados”). Iba a costar mucho esfuerzo a Cáceres, un líder en cierta forma andinizado, convencer a los pueblos del interior que además de los mistis había otros enemigos. Al hacerlo, Cáceres fue sin duda el primer líder del siglo XIX en sentar las bases de una conciencia nacional, fundada en la integración étnica, social y cultural del Perú partiendo de sus bases andinas.
A falta de una política integracionista republicana, que de hecho convirtió al Perú en un Estado archipiélago o insular, fue el Ejército el que emprendió esta gran tarea, porque esta institución fue la primera en asomarse al mundo andino serrano y a la población rural. En sus cuarteles, reclutas de distintas provincias del país empezaron a hermanarse, a tomar conciencia de que hombres de distintas regiones eran miembros de una misma nación. Ellos aprendieron a cantar el himno nacional y a vivar a la Patria. En el cuartel empezaron a retomar el hilo de una vieja historia y comenzaron a experimentar el sentimiento de la unidad nacional. Todos, de cualquier región que fueran, se sintieron peruanos y tomaron conciencia de que estaban unidos por una historia de tradiciones heroicas, historia que no conocía de regionalismos.
Fue también tarea del ejército que los nuevos reclutas aprendieran a leer y a escribir y motejaran el castellano. Puede afirmarse que sus cuarteles fueron las primeras aulas culturales del pueblo. Miles de hombres que después que salieron licenciados, tuvieron un efecto multiplicador. En su misma lengua contaron a sus paisanos la existencia de un nuevo mundo, de otra realidad. El licenciado se convirtió en la República en algo así como una institución. Con el orgullo de haber servido a la patria, el licenciado pasó a ser un hombre importante en su localidad, el filamento nervioso del Ejército y la lumbre de la nacionalidad en las más remotas regiones del Perú.
Puede afirmarse sin exageraciones que de no haber sido por la acción del Ejército, en el Perú republicano no se hubiese podido forjar, en los vastos sectores en los que irradió su presencia, la conciencia de una historia nacional y de una integridad territorial. Fue del seno militar que surgieron figuras paradigmáticas como Andrés Avelino Cáceres. Y también pertenecieron al Ejército el coronel Juan Bustamante y el mayor Teodomiro Gutiérrez Cuevas, jefes radicales que ofrendaron la vida al asumir la conducción de la lucha secular de los pueblos andinos.
6. Juan Bustamante, el Thupa Amaro del siglo XIX
Juan Bustamante Dueñas figura en la historia del Perú como el abanderado de la justicia social y del bien común de los pueblos, principios que distinguieron a la ideología incaica, vigente aún en el siglo XIX. Jorge Basadre lo llegó a comparar con el líder revolucionario de 1780, llamándolo Thupa Amaro III, tal vez el más rotundo homenaje al ideólogo y militante que a la cabeza de los pueblos alzados en el altiplano ofrendó su vida por la justicia social y el respeto de los derechos humanos.
Nació este esclarecido luchador social en Vilque, pueblo cercano al legendario lago Titicaca, mencionándose que tuvo ascendencia inkaica por línea materna. Sea como fuere, pronto abrazaría como propia la causa de los peruanos motejados por sus opresores con el epíteto de “indios”, teniendo como objetivo su redención para que alcanzaran también, como decía, de los “beneficios sociales que la esplendente independencia del Perú prodiga a los blancos”.
Combatió por el bienestar de las mayorías, por la educación gratuita, por la fraternidad entre los pueblos y por el imperio de la justicia como remedio a los males de la república. Luchó, asimismo, porque en el Perú se diera prioridad a la producción, para hacer frente al hambre que se cernía sobre las masas oprimidas, y por la dación de leyes que procurasen la integración nacional.
Era adolescente en 1824 cuando ejércitos aliados culminaron la independencia americana en los campos de Ayacucho, naciendo la república como una esperanza al enarbolarse, aunque efímeramente, los ideales de “libertad, igualdad y fraternidad”. Infortunadamente, poco tardó para que los ideales enunciados se trocaran en quimera, deviniendo la república en republiqueta y la democracia en privilegio exclusivo de la clase dominante. No se equivocó Pablo Macera al denunciar que después de la batalla de Ayacucho se profundizó en el Perú la dominación feudal.
Bustamante diría por su parte que los peruanos de ascendencia andina, en la república, solamente habían cambiado de amos. Del virrey al poder de los criollos y mestizos ilustrados, que terminaron por disipar las posibilidades de la integración nacional, histórica, ideológica y étnica del Perú. La república, inspirada más en la ideología liberal europea que en sus propios valores culturales, con símbolos y emblemas ajenos a nuestra tradición milenaria, no sintió la realidad del Perú andino, su sentimiento de territorialidad ni su vocación integradora y sin percatarse del destino histórico de la patria, consumida por las intrigas políticas y las luchas por el poder, dio lugar a que el Perú perdiera el prestigio y la hegemonía continental que siempre había tenido.
Fue así como en los mismos umbrales de la república, el Perú andino recibió el más duro golpe de su historia, al quedar como parias y extranjeros en su propia tierra los pueblos andinos. Desde 1825, les arrebataron sus colegios sumiéndolos en la ignorancia, les quitaron sus dirigentes naturales, privatizaron sus tierras de las comunidades condenándolas a la inopia y a la depredación por los poderosos, frustrándose así sus esperanzas en la construcción de una patria nueva
Lo que es más, la república criolla intentó borrar la cosmovisión andina, imponiendo en el Perú, de manera oficial, el castellano, lengua extranjera, sobre el quechua, lengua mayoritaria y matriz de nuestra nacionalidad, olvidando que en siglo XVI fue respetada incluso por el rey español, que dispuso su aprendizaje por los funcionarios y misioneros a los efectos que entendieran mejor la realidad peruana.
Ése fue pues, el prólogo al drama del mundo andino republicano, cuya historia no ha sido aún convenientemente analizada. Juan Bustamante, fue testigo y protagonista de esa realidad y cual un Quijote redivivo, empeñó su vida y fortuna para luchar por la reivindicación de los pueblos discriminados por el poder criollo y por el centralismo limeño.
Después de incursionar en el parlamento, viajar alrededor del mundo (1841-1844) y asistir en Europa a las luchas sociales (estuvo en la revuelta parisiense de 1848), se aprestó a luchar por redimir del infortunio a los pueblos de la meseta de Puno, mirando la realidad no desde el campanario de Vilque, sino en su dimensión universal, como un episodio de la lucha general de los pueblos del mundo por la justicia y el derecho.
Fue así como se unió a la causa del mariscal Ramón Castilla y quizás en su compañía fue uno de los que le inspiraron, junto con Pedro Gálvez, el famoso decreto de Ayacucho por el cual se declaró abolido el tributo de los llamados “indígenas”, creyendo que con tal medida estos peruanos dejarían de ser discriminados, terminando con una situación que para ellos era similar a la más “dura esclavitud y el más completo envilecimiento”. Bustamante se batió valerosamente en la batalla de la Palma (1855) y fue tal su empeño que el mariscal Castilla le confirió la clase de coronel en el ejército nacional.
Elegido una vez más diputado por Lampa, la acción parlamentaria de Juan Bustamante fue la del rebelde en la Convención, aunque como una voz solitaria que se alzaba en defensa del Perú andino. Posteriormente, fue prefecto en el Cuzco e intendente de la ciudad de Lima, intentando realizar sus ideales con la apertura de escuelas y la mejora de la producción agrícola.
Al producirse el alzamiento de los campesinos de Huancané en 1866 y tras conocer los excesos perpetrados contra los rebeldes, a sus airadas protestas y reclamos sumó la fundación de la “Sociedad Amigos de los Indios”, con la participación de algunos militares y civiles de tendencia progresista, entre ellos Manuel Amunátegui, director entonces del diario “El Comercio”, que frente a la conmoción social demandó del gobierno serena reflexión y prudencia.
Infortunadamente, los hechos se precipitaron cuando en Huancané fue desconocido al gobierno del general Mariano Ignacio Prado, sumándose a la rebelión varios otros pueblos de Puno. Fue entonces que Bustamante, impelido por su afán de justicia, marchó al teatro de operaciones para asumir la conducción del movimiento rebelde. Como se sabe, el empeño del ideólogo puneño terminó trágicamente, cayendo en la “batalla” que en el pueblo de Pusi libró contra las fuerzas represivas del coronel Andrés Recharte. Se refiere que en medio de crueles torturas, murió digna y heroicamente el 2 de enero de 1868. Si bien los detalles de su desastrada muerte siguen aún en el misterio, a decir de su biógrafo Emilio Vásquez, sus escritos y sus ideales han quedado en pie cono una lección más en la lucha por la justicia y la igualdad entre todos los peruanos, y como vivencia permanente de la ideología humanista de los Incas.
Aunque se dijo que ese alzamiento tuvo el carácter de una guerra de los llamados “indios” contra la “raza blanca”, juicio repetido con frecuencia en esa época, según el testimonio del general Baltasar Caravedo, que intervino en la campaña punitiva contra los alzados, los responsables de esa interpretación fueron más bien los mestizos, que con fines políticos y a la voz de ¡Viva Castilla!, no sólo se distanciaron de los alzados al asustarse con sus exigencias, sino que se volvieron contra ellos, acusándolos de querer destruir a la raza blanca, solicitando la intervención de la fuerza pública para terminar con el trastorno.
Posteriormente, el ilustre y probo magistrado José Gregorio Paz Soldán, en el dictamen de la causa seguida contra el coronel Andrés Recharte por la matanza de Pusi, dijo que no hubo tal pretendida “guerra de castas”, sino una generalizada protesta de los pueblos contra la “opresión”, ya que el alzamiento había sido “provocado” por los opresores que los tenían sumidos en la “abyección y el embrutecimiento”.
Ahora bien, concatenando este suceso con sus antecedentes de los siglos anteriores, se constata que el sacrificio de Juan Bustamante Dueñas, el viajero del mundo o “mundo purikop”, no fue un hecho aislado sino más bien un hito más de la secular lucha de los pueblos andinos por su liberación nacional bajo los principios de la ideología incaica, cuyos objetivos en el siglo XIX fueron la búsqueda de la justicia social, la educación democrática, la integración nacional y la identidad histórica del Perú.